
Balón Ponchado
2022
Museo del Palacio de la Autonomía de la UNAM, CDMX

Balón Ponchado
En el contexto del Mundial de Futbol Qatar 2022 se inaugura esta instalación de balones recuperados y convertidos en macetas por Rodrigo Imaz; estos señalan, desde lo trunco y pasando tanto por la historia personal del artista como por la figura del balón rehabilitado, que de lo impredecible surge la vida. Desafían una lógica desde la que, cuando el juguete pierde su propósito que es estar lleno de aire, el juego termina. Ahora, cuando se poncha el balón ya no termina la partida, la cascarita, sino que se transforma en otro juego: convertir la pelota en maceta, cuenco y contenedor para la vida. Sembrar.
Las piezas parten de la experiencia personal que el artista vivió en su juventud
temprana:
"A mis 16 años, jugaba en una liga llanera cuando recibí la oferta de probarme como futbolista en las ligas inferiores del Puebla. Acudí y me ofrecieron un con-trato: un honorario que parecía imposible para un adolescente. Podía elegir el número de camiseta que quisiera y contaría con una beca para estudiar en una universidad poblana. Me daba mucha angustia pensar que mis piernas serían parte de un contrato y que una empresa definiría mi futuro siendo aún menor de edad, además de la siempre latente posibilidad de una lesión que lo truncara todo. También me preocupaba el anticipado final de mi carrera profesional: retirado a los 35 años, sin saber hacer algo más que patear una pelota. Rechacé la oferta y no le dije nada a mi familia sino hasta muchos años después. En un principio me arrepentí, pero eventualmente me empezó a parecer horrible la idea de jugar por obligación y depender de mis frágiles tobillos para ganarme la vida. Seguí jugando en ligas amateurs sin otro interés que jugar. Vinieron las lesiones y fui confirmando que había tomado una buena decisión. El proceso creativo del juego se volvió mucho más importante que el resultado en el marcador. El éxito no es ganar, sino desencadenar procesos y manejar variables. La mayoría de los fracasos son éxitos mal comprendidos.
Con la ayuda de estos objetos, ocurre un cambio de juego que recuerda al propio movimiento de adaptación vocacional de Rodrigo. Los balones remiten a su carrera truncada como futbolista, experiencia que ha permeado en sus procesos creativos. El gesto de cortarlos expone un espacio previamente cerrado y lo transforma en un contenedor. Lo que antes rodaba se vuelve lugar para la raíz, y de su cascarón quebrado algo brota: semillas que se abren, esferas que se rompen. La vida se hace camino. La tierra que antes era soporte para el juego, para que la bola rodase, ahora se convierte en el sustrato que se deposita a través de la poncha-dura. Cambia. Se arraiga a su propio material, el pasto crece dentro: el juguete se convierte en parte del tablero.
Esta muestra consiste en instalar una serie de 50 balones-macetas en el acce-so, el patio y las ruinas del Museo del Palacio de la Autonomía de la Universidad Nacional Autónoma de México, edificación con más de 500 años de antigüedad.
A lo largo de ese tiempo, el edificio ha tenido que aprender a cambiar de forma y de recinto. Ha sido residencia, cuartel, bodega, convento, vecindad, universidad, preparatoria y hasta cancha de futbol en los recreos. Hoy alberga un museo que acoge esta serie de objetos que le hablan a su historia; cohabitan ruinas recientes y antiguas en el mismo jardín, mostrando su diversidad de formas y colores contenidos en un mismo espacio. Algún día, todo -balones, cimientos y museo- será
tierra. Y de ahí, quizá, también brote una planta.
Emilio Araujo Espinosa
Tiro fallido
El capitalismo es un sistema antiecológico porque, al buscar permanentemente la acumulación y la ganancia, tiende a destruir la biodiversidad para imponer en su lugar espacios estandarizados (llamémoslos monocultivos) de donde extraer o producir la mayor cantidad de cierto producto en la menos cantidad de tiempo.
Si no son alterados de forma radical, los ecosistemas tienen la capacidad de regenerarse continuamente. Eso lo saben desde hace milenios las comunidades de campesinos (y, sobre todo, de campesindios) del mundo entero: ellas han sabido adaptarse a la heterogeneidad de la naturaleza y a sus ritmos temporales.
El capitalismo, por el contrario, no se adapta a los principios regenerativos de los ecosistemas. Prefiere destruirlos. Forzarlos a operar bajo sus reglas, a su temporalidad acelerada y vertiginosa. El tiempo del capital es como un haz de luz que atraviesa la obscuridad celestial, como un bisturi que perfora la piel más tersa, como un hongo mutante que consume cualquier metal.
Consume-tira-consume-tira-consume-tira-consume. ¿Qué? Todo. Tus amista-des. Tus amores. Tus plumones. Tus medias. Tu celular. Tu camiseta favorita. El balón que te regaló tu abuela aquel día lluvioso.
El capitalismo no soporta la espera. Busca, de forma obsesiva, apresurar todos los procesos -incluso aquellos en los cuales el placer radica en la demora. Quiere el crecimiento brusco. El pico energético. El acelerón.
En un pequeño laboratorio de una afamada universidad estadounidense, un profesor, apoyado por tres mal pagados alumnos de doctorado, animados por esporádicas lineas de cocaína barata y opioides sin receta, llevan trabajando más de dos décadas en la creación de unas semillas de frijol alteradas genéticamente. Lo que buscan es generar una planta que pueda, con la captación de energía solar, crecer a una velocidad inusitada. El sueño es que crezca de 0 a 10 centímetros en tan sólo 48 horas. Un frijol-Ferrari. Quieren pisar a fondo el acelerador de la natura-leza. Todo aquel que haya estado enamorado o que se haya sentado frente al mar o frente a una inmensa selva sabe que, afortunadamente, nunca lograrán su obje-tivo.
Cada vez hay más personas infectadas por el virus de la prisa. No toleran hacer una fila. No soportan que tarde en cargar el video en Tik Tok. Corren de un lugar a otro apresuradamente. Llegan a una reunión y ya tienen que estar en la siguiente.
O peor aún: están, a la vez, en dos reuniones. O en tres. O en cuatro. O en cinco.
Pero afortunadamente, todavía quedan entre nosotros algunos guerrilleros del tiempo. La mayoría de ellos -aunque no todos- son artistas que a través de su obra ponen en juego temporalidades que resisten al tiempo acelerado del capital. Si se prefiere: artistas que nos otorgan clandestinamente artefactos para dinamitar el tiempo presente.
Se sabe que la tradición de artistas-guerrilleros del tiempo es antigua y se remonta a la Comuna de París de 1871, cuando un grupo de obreros y artistas dispararon a los relojes de las plazas públicas. Desde entonces, esa tradición se mantiene viva -aunque en las sombras.
En México existen honrosos exponentes de esta tradición subversiva. Uno de ellos es Rodrigo Imaz, quien con sus balonesmacetas pone en juego un tiempo singular construido por la mezcla entre el cochambroso ritmo del reciclaje y el parsimonioso ritmo del crecimiento de las plantas.
El tiempo de Rodrigo Imaz es, en sentido estricto, un tiempo abigarrado compuesto por muchos tiempos. Un tiempo mestizo. Un tiempo cargado de nostal-gia, de arrepentimientos, de florecitas azules, de vidas que pudieron haber sido y no fueron, de amores pasajeros, de redención, de promesas pomposas, de frijoles tiernos, de detritus. Es un tiempo juguetón que nos salva del tedio, que nos obliga recordar nuestra niñez para imaginar nuestro futuro. Es el tiempo del lamento (¿acaso existe alguna sensación más triste que aquella generada por el tiro fallido que no termina en gol sino con el balón clavado en la reja del vecino paranoico y aspiracionista que convirtió su casa en fortaleza?) reconvertido en un irreverente tiempo de meditación y diversión. Es el fugaz tiempo revolucionario de la carcajada antes de la reprimenda del profesor. O si se quiere una definición más precisa: es el tiempo tercermundista del reciclaie ecologista y del juego colectivo enfrentándose al tiempo individualista de la limpidez, la blanquitud, la ostentación y el despilfarro.
Arturo H. E. Rodríguez
Juego de pelota
El mundo es un balón ponchado, la esfera se desinfla para el juego humano, en un mundo donde la dictadura delo desechable y de la explotación irracional de los recursos naturales ha multiplicado a tal grado la basura que el planeta mismo parece hoy nuestro basurero en lugar de nuestro hábitat. Colocar el balón en esta cancha discursiva, en el momento en que millones de personas ponen su atención en el Mundial de Futbol, propone resignificar la pelota, dejar de jugar y cuestionar si somos capaces de reciclarnos como especie, transformar radicalmente el sistema que estamos usando para organizarnos como sociedades, o la esfera terráquea nos verá desaparecer y se reconstituirá sola, usándonos de abono para el siguiente ciclo planetario.
A lo largo de su carrera, Rodrigo Imaz ha realizado una serie de cuestionamientos en torno al cambio climático, la basura, los desechos, lo reciclable, el colapso de nuestras formas de transporte, en especial del uso del auto como sistema de transporte individual y emblema del éxito. Los autos, aplastados por inmensos animales, son metáforas de un mundo hecho para los autos que ha colapsado por el tráfico, que han generado emisión de gases, el calentamiento global agravado por los automotores y que, sin embargo, ese mundo persiste en su atrofia, convirtiendo nuestras ciudades en irrespirables y dejándolas al borde de ser invivibles. Instaladas a un lado de la zona arqueológica de la ciudad de México Tenochtitlán, en una de las esquinas del Templo Mayor, del otro lado de las ruinas, se situaban los juegos de pelota que nuestros ancestros utilizaban como método para perpetuar el movimiento cósmico; la pelota era el astro solar y, para que sus ciclos y movimiento se mantuvieran activos, los hombres jugaban y los ganadores se sacrificaban para mantener el orden universal a favor de la especie humana. ¿Qué sacrificios tenemos que hacer hoy para recuperar el orden de la naturaleza y el universo a favor de la humanidad?
Con la sencillez del reciclaje, el artista pepenador, al modo de Francis Alys, hace de los balones macetas del reciclaje y en sus lecturas polisémicas estos cincuenta planetas ajedrezados, con sus claroscuros como el devenir, lanzan una expresión radical de esperanza que se cifra en las plantas vivas, vida que el artista, los museos donde alojen la exposición y el público mismo tienen que cuidar. Y al mismo tiem-po, los esféricos lanzan un rotundo y apremiante mensaje: "El juego ha terminado"
Fernando Gálvez de Aguinaga
Emilio Araujo Espinosa | Arturo H. E. Rodríguez | Fernando Gálvez de Aguinaga | Rodrigo Ímaz
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