PALESTINA E ISRAEL: UN SIGLO DE CONFLICTO

El conflicto israelí-palestino es de los más complejos y longevos del mundo moderno. Se trata de un enfrentamiento con raíces históricas profundas: involucra disputas por la tierra, la identidad nacional, factores religiosos e intereses coloniales de potencias extranjeras a lo largo de los siglos XX y XXI.

El territorio que hoy ocupan Israel y Palestina —esta última dividida en los territorios de Cisjordania y Gaza—ha sido un punto de encuentro entre civilizaciones desde la antigüedad. Este territorio formó parte del Imperio otomano desde 1517 hasta la Primera Guerra Mundial. Durante este tiempo, la población era predominantemente árabe, con pequeñas comunidades judías, principalmente en ciudades como Jerusalén, Hebrón y Safed. Por lo tanto, podría decirse que el hebreo y el palestino son pueblos cercanos etnolingüística y culturalmente, que han convivido históricamente.

Tras la caída del Imperio otomano, Palestina fue administrada por el Imperio británico de 1920 a 1947. Como parte de la reorganización territorial que siguió a la Primera Guerra Mundial, la recién creada Sociedad de Naciones otorgó el mandato de Palestina al Reino Unido, el cual prometió ordenar la autodeterminación del territorio en un futuro, garantizando la creación de un hogar nacional para el pueblo judío, así como el respeto a los habitantes árabes.

Bajo el contexto del mandato británico se formaron dos movimientos nacionalistas confrontados naturalmente: el sionismo, que promovía la creación de un hogar nacional para el pueblo judío, y el nacionalismo árabe-palestino, que buscaba la independencia de Palestina sin una división territorial y que veía el mandato británico como una ocupación colonial. Esas dos visiones son parte fundamental del actual conflicto.

Al finalizar el mandato británico en 1947, la naciente Organización de las Naciones Unidas (ONU) propuso un plan de partición (Resolución 181) que dividía el territorio en un Estado judío y un Estado árabe, con Jerusalén administrada internacionalmente y reconocida como ciudad multicultural, pues es sagrada para el cristianismo, el islam y el judaísmo. Si bien la propuesta de esta organización fue aceptada por los líderes sionistas, los países árabes no la aceptaron. En 1948, el general David Ben-Gurion proclamó la independencia del Estado de Israel, lo que detonó la Primera Guerra Árabe-Israelí. Israel ocupó Jerusalén Occidental y aumentó el territorio que la ONU le había otorgado en el plan de partición. Por su lado, Egipto ocupó la Franja de Gaza, mientras que Jordania ocupó Cisjordania.  

Como resultado de esa primera guerra y del triunfo israelí, se produjo lo que los palestinos llaman Nakba , es decir la «catástrofe». Israel expulsó a más de 750 mil palestinos de sus territorios, quienes fueron desplazados a Gaza y Cisjordania, así como a Siria, Líbano e Irak. Este hecho marcó la identidad palestina como un pueblo desplazado y ocupado. Desde entonces, Israel ha prohibido el retorno a los palestinos expulsados y sus descendientes.

El conflicto tuvo un punto de inflexión en 1967 con la Guerra de los Seis Días. Israel derrotó a una coalición de países árabes formada por Egipto, Jordania y Siria. Como resultado de esta guerra, Israel tomó el control de Cisjordania, Jerusalén Este, los Altos del Golán (ocupación que persiste hasta este año), la península del Sinaí (que fue devuelta a Egipto en 1981) y Gaza (que mantuvo controlada hasta 2005). Esta ocupación sigue siendo uno de los mayores puntos de conflicto, pues la ONU ha declarado que es ilegal según el derecho internacional.

La resistencia palestina a la ocupación israelí cobró fuerza con la creación de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) liderada por Yasir Arafat, que en los años setenta y ochenta recurrió a la resistencia armada para luchar contra Israel, incluso atacando objetivos civiles en Jerusalén. Además de esto, el pueblo palestino ha recurrido a levantamientos armados, como la Primera Intifada, en 1987, y la Segunda Intifada, ya a inicios del siglo XXI. 

Por varias décadas, la diplomacia multilateral ha fallado para conseguir un acuerdo de paz duradera. En 1993, Israel y la OLP firmaron los Acuerdos de Oslo, que crearon la Autoridad Nacional Palestina y establecieron un plan para la creación de un Estado palestino, sin embargo, estos no lograron consolidarse. También la comunidad internacional ha buscado, aunque sin éxito, soluciones diplomáticas al conflicto.

El derecho internacional tampoco ha podido frenar los atropellos a los derechos humanos de los civiles palestinos por parte del ejército israelí. En 2002, Israel inició la construcción de un muro de 712 kilómetros a lo largo de Cisjordania, bajo el argumento de la «defensa de la población israelí» tras la Segunda Intifada. Ese muro divide dramáticamente la vida en dos categorías: ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda. Quienes viven del lado israelí gozan de todas las libertades y servicios públicos, mientras que quienes habitan del lado palestino viven con restricciones de movilidad, falta de derechos y de oportunidades económicas y laborales. Esto genera una situación de apartheid para los palestinos, como lo han denunciado organizaciones como Amnistía Internacional, entre otras.

A lo largo del siglo XXI, el conflicto se ha caracterizado por constantes ataques armados, bombardeos en Gaza y en territorio israelí. La expansión ilegal de asentamientos israelíes en Cisjordania ha aumentado la tensión y dificultado la posibilidad de un acuerdo entre los dos Estados, mientras que el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel por parte del gobierno estadounidense solo alejó más la posibilidad de la paz.

La más reciente ola de violencia, iniciada en octubre de 2023, ha dejado una saldo de miles de víctimas civiles palestinas, así como la destrucción de infraestructura vital en Gaza por parte de las fuerzas militares israelíes. El gobierno sudafricano y varias organizaciones de derechos humanos denuncian que actualmente el Ejército del país hebreo comete un genocidio contra el pueblo palestino, mientras que Israel argumenta legítima defensa y exige la liberación de cientos de rehenes civiles que fueron tomados por el grupo Hamás en octubre de 2023, hecho que solo generó una respuesta militar desmedida por parte del primer ministro Benjamín Netanyahu y la indiganción de una parte de población israelí que no comparte el actuar de su gobierno. Israel no es un monolito; dentro y fuera de su territorio se ha manifestado la oposición a la ofensiva militar de Netanyahu.

Cien años de conflicto entre israelíes y palestinos ha hecho de este, quizá, el más duradero y doloroso de los tiempos actuales. Ni la diplomacia multilateral ni el deseo de paz han conseguido poner fin a la masacre diaria en una de las tierras más sagradas del mundo. Mientras tanto, el primer cuarto del siglo XXI se ha ido en medio de la violencia, la radicalización del enfrentamiento y la destrucción de la Franja de Gaza.

Genaro Lozano - Internacionalista

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