MARHABA, SOMOS PALESTINOS
Durante décadas, el pueblo palestino ha sobrevivido a obstáculos inconmensurables: ha sobrevivido a la inhumanidad misma y a un constante aislamiento. ¿Cómo se puede avanzar con el intenso dolor de verse señalado como un extranjero en tu propia tierra? ¿Con qué palabras se puede explicar el hecho de que tu casa no sea ya considerada tu casa solamente por el retorcido designio del país vecino?
¿Cómo se soporta ese dolor, esa pena que por generaciones hemos llevado encima? Dolor causado por los crecientes escombros, las puertas rotas o inexistentes de hogares ahora sin entrada. ¿De qué tamaño son los muchos ultrajes foráneos que por años nos han acorralado? ¿Cómo interpretar el caos que se extiende por Gaza, Cisjordania y Jerusalén Oriental, no solo desde hace año y medio, sino desde hace ya casi ocho décadas?
Las enfermedades que proliferan entre los escombros amenazan a millones de personas. La muerte llega a destiempo: muchos niños, demasiados, súbitamente pierden la oportunidad de amar, de ser amados, pierden su legítimo espacio para crecer con sus tradiciones y creencias. Muchos hombres y mujeres, cada vez más, se enferman en un aire imperceptiblemente contaminado. Y aun así, luchan contra el anonimato para preservar su propio aliento, el aliento generoso de su herencia, de su familia, de su pueblo.
Mi pueblo camina encima de los escombros viejos, los recientes y los de hace apenas unos minutos. Camina entre montañas de desechos con la certeza de que la destrucción y el caos no pueden hacer que desaparezca la tierra donde nació su origen: la tierra de tantos campesinos, pescadores, estudiantes, profesores, médicos; una tierra en la que todos sus ciudadanos anhelan seguir viviendo, creciendo y ser felices.
Nuestro viaje está inscrito en la esencia de la humanidad. El viaje vital de cada palestino consiste en el regreso al hogar, aunque la casa esté destruida y nuestros techos ahora sean del tamaño de una piedra o sean una lata con la que inevitablemente nos tropezamos al andar por un camino arrasado décadas atrás que nos conduce constantemente a un destino incierto. Y es que, desde el centro vibrante de nuestras pupilas, nuestro legado, nuestro lenguaje, nuestras sonrisas, nuestras lágrimas, nuestros poemas, nuestras despedidas y nuestras esperanzas no son una tradición antigua de dudosa autenticidad ni mucho menos una teoría inexistente. Todos, desde el campesino hasta el profesor, desde los viejos hasta los jóvenes, tenemos una conexión histórica con lo que somos hoy. Entre escombros, desechos, escasez y multitud de cadáveres, aprendimos a recoger aceitunas del olivo y a depositarlas en una cesta, escribiendo esta acción en la memoria viva con la que hemos crecido en esta tierra palestina, la de nuestra civilización.
Las voces de nuestros ancestros están presentes hasta el día de hoy cuando decimos marhaba (hola o bienvenido). En este saludo hay un tono, una musicalidad que expresa en millones de voces un aliento de antigüedad. Nuestras raíces, lejos de ser una metáfora o un recuerdo nostálgico, son nuestra voluntad (con todo el peso de la cotidiana pérdida de nuestros seres queridos) de seguir honrando lo que somos.
Marhaba, marhaba a todos los que hoy sueñan con la reconstrucción de una casa y las que faltan en esta tierra que es palestina y Palestina. Marhaba a todos los que, como nosotros, ven a través de sus ventanas un hogar, una historia dentro de otra, un árbol, frutos… y el derecho a existir en sociedad. Y en ese derecho a existir, marhaba a los vecinos, tal y como lo decíamos antes de que al nombre de Palestina le inscribieran el terrible empeño de significar algo tan ajeno como un montón de latas en el territorio. Esa maravillosa tierra donde antes, mucho antes, había un hogar. Marhaba.
Nadya Rasheed - Embajadora del Estado de Palestina en México